Desde la penumbra

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La sala de espera le causaba un gran desasosiego… No recordaba cuándo había llegado ahí, ni porqué motivo. Pero sí que sabía que tenía que tomar la decisión más importante de su vida. O de su muerte.

Pase al despacho, por favor. Cuando los empleados escuchaban esas palabras, se echaban a temblar. Mantener su puesto de trabajo, en una época como esta, era una cuestión vital.

La bruja de San Telmo fue su obsesión: averiguar qué ocurrió en ese pueblo que, como tantos otros, acusó de brujería a la mujer que, con sus ungüentos y pociones, había velado por la salud de todos.

El poder. Sí, ella lo sentía. Sentía su fuerza. Sabía que podía controlar y doblegar a todo el mundo. ¿A todo el mundo?